Los campos de concentración y el cine de ficción

El cine puede ser una fantástica herramienta de propaganda. Su capacidad de influencia es innegable y en consecuencia peligrosa, sobre todo en ciertos temas. Abordar la temática de los campos de concentración en el cine de ficción ha sido una constante desde 1945, pero hemos de plantearnos cómo se han contado las cosas y que resultado ha tenido esa perspectiva proyectada. En esta entrada del blog queremos, en lugar de hacer una lista de recomendaciones, repasar algunas, ponerlas en contexto y, quizá, criticarlas.

Si ya has hecho nuestro recorrido al Campo de Concentración de Sachsenhausen, habrás comprobado cómo uno de los principales problemas que encontramos en gran parte de las películas sobre los campos es que se vincula su construcción a la Segunda Guerra Mundial. Es un planteamiento equivocado porque, por ejemplo, Sachsenhausen fue construido en el verano de 1936 o Dachau en marzo de 1933. A la guerra le faltaban seis años para comenzar, con lo cual no existe una justificación bélica ni militar para la existencia de estas instituciones del terror. La creación de campos de concentración viene de la mano de la toma de poder del partido nazi en 1933, precisamente para hacerla viable y eliminar, en un primer momento, a la oposición política, aspecto que el cine no ha sabido tampoco plantear de forma correcta. Desde el poder, y una vez iniciado el Tercer Reich, se fueron eliminando otros grupos que, de una manera o de otra, suponían un obstáculo para la creación de una nueva Alemania: intelectuales, homosexuales, judíos, gitanos o asociales fueron sistemáticamente buscados y deportados.

Campo de concentración de Sachsenhausen, Oranienburg

Dentro de estas minorías, en la película El noveno día se aborda el tema de la deportación de religiosos a campos de concentración. En lugar de alimentar la idea simple y “facilona” de la postura de la Iglesia ante el Holocausto, el film profundiza en el conflicto del sacerdote católico Jean Bernard arrestado por los nazis por mostrarse contrario a la ideología del partido.

Como ocurre con el caso de La decisión de Sophie (1982) o La gran evasión (1963), el cine suele recurrir a ejemplos particulares e historias de vida para hablar de aspectos más generales, pero nunca ha de extrapolarse una historia concreta a todos los campos de concentración. Cada uno tuvo sus características e idiosincrasia propias y fueron tan numerosas estas instituciones del terror que no existe una  cifra clara de todas las que llegó a haber. Es frecuente encontrar que se habla de los campos nazis indistintamente sin diferenciar, por ejemplo, entre los de concentración o exterminio. Y uno de ellos, Auschwitz, ha sido el más frecuentemente mencionado y representado, muy probablemente por haberse convertido en el punto equidistante al resto de campos europeos donde se envió y asesinó a la mayor parte de judíos de Europa.

La película que más directamente habla de este campo es La lista de Schindler (1993), una obra cruda y explícita de Steven Spielberg que se convirtió por excelencia en “la película sobre los campos nazis”. Con ella se dio a conocer la historia de Oskar Schindler y su lista de 850 empleados de una fábrica de tornillos de Cracovia a los que pudo salvar de la cámara de gas. Su éxito arrollador para crítica y público hizo que su historia fuese conocida por todo el mundo, pero esto, sin querer, trajo también algo negativo: el hecho de que el tremendo alcance que tuvo silenciase la existencia de otros actos de resistencia que hubo en doce años de Tercer Reich.

 

El cine tiene la capacidad de crear una onda expansiva tan potente que con frecuencia anula la existencia de otras historias que también han sucedido. Y a menudo se ha tomado como única referencia el cine hecho en Hollywood -o al menos en Estados Unidos-, obviando la lectura más profunda y compleja que nos ha dejado el cine europeo. Si bien existen notables ejemplos de cine estadounidense con la temática de los campos de concentración -como es el caso de La zona gris (2001) o Traidor en el infierno (1953)-, Europa ha realizado una reseñable mirada al pasado con ejemplos como las alemanas Los falsificadores (2007) y El último tren a Auschwitz (2006), o las húngaras Sin destino (2005) y El hijo de Saúl (2015).

 

Existe por último un tipo de cine referido a los campos de concentración y el Holocausto que, más que incidir en el rigor histórico, la posible reflexión filosófica o el análisis sociológico que muchas hacen, están más orientadas a la búsqueda de la lágrima fácil. El título que por excelencia representa este grupo de películas es El niño del pijama de rayas (2008). Si bien se plantea desde una perspectiva de cierto realismo en cuanto al inicial planteamiento argumental de la familia, la película va tocando temas de gravedad en los que no termina de profundizar. Y tanto el desarrollo narrativo como el final pueden resultar confusos para el espectador, que puede interpretarlo desde la perspectiva de la verdad. La película es una fábula con una clara moraleja final, pero que en ningún caso debe tomarse al pie de la letra como “ejemplo de lo que pasaba”. De igual modo, aunque con mayor originalidad y belleza, Roberto Benigni maravillaba al mundo con La vida es bella (1997), una historia de amor en la Italia de los años ’40 que se ve enturbiada por la deportación de sus protagonistas a un campo de concentración.

 

Es quizá una de las películas sobre el Holocausto que mejor encarnan la idea de que el cine es entretenimiento y no una fuente histórica. Y como tal ha de ser tomado. Nos puede hacer llorar, reír o reflexionar acerca de lo que vemos, pero siempre con la distancia suficiente con la que debe tomarse el Séptimo Arte. Si quieres conocer más películas, síguenos en nuestros tours y podremos seguir hablando de cine, historia y Berlín.

* Imágenes: Wikimedia Commons y Celia Martínez García

2018-10-15T17:20:03+00:00By |Cultura, Historia, Recomendaciones, Rincones de Berlín|

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