El Tercer Reich y la cultura

Cuando Joseph Goebbels pronunció su discurso en contra del “judaísmo intelectual” el 10 de mayo de 1933, se produjo un punto de inflexión sin precedentes en la historia cultural alemana. Sólo dos meses antes, el partido nazi se había hecho con el poder eliminando la oposición política, y todas las medidas que se estaban tomando se tradujeron en la destrucción del concepto de sociedad para sustituirlo por el de “comunidad del pueblo” (Volksgemeinschaft). Tras la desaparición de la diversidad, pluralidad y heterogeneidad propias de una sociedad democrática, Alemania y los alemanes acabaron, real y metafóricamente hablando, uniformados. La ciudad de Berlín, como capital del Tercer Reich, y la Universidad Humboldt fueron testigos de la primera quema de libros llevada a cabo por los nazis, así como de la posterior eliminación de la oposición intelectual. El espacio que dejaron los 22.000 libros quemados dio paso a la existencia de un vacío intelectual que amenazaba con convertirse en el receptáculo idóneo para teorías raciales, difusión de la cultura germánica, adoctrinamiento en las escuelas y manipulación mediática. La desaparición de obras de autores como Sigmund Freud, Karl Marx, Friedrich von Schiller o Bertolt Brecht fue marcando las pautas para definir la nueva cultura de la “nazificación”.

Quema de libros en la Opernplatz, Berlín (hoy Bebelplatz). 10 de mayo de 1933. [Creative Commons]

Para poder llevar a cabo este proceso, se creó en el mes de septiembre de 1933, y de la mano de la quema de libros, la Reichskulturkammer, o Cámara de Cultura del Reich, organismo que controlaba todos los ámbitos de la cultura alemana y que dependía en última instancia del Ministerio de Propaganda e Ilustración del Reich. El presidente de la Cámara de Cultura fue el Ministro de Propaganda, el Dr. Goebbels, como hacía llamarse. Su formación en Sociología le ayudó a conocer el valor de la información y, sobre todo, el valor de la desinformación; algo que se había derivado inicialmente de la falta de formación académica y de educación, y que acabó convirtiéndose en una herramienta política fundamental. El limitado acceso a la información, el escaso número de medios de comunicación y el control del aparato propagandístico extendieron la sensación en el ciudadano medio de no querer saber más. La anestesia social que generaron la radio y la prensa llevó a un silencio que permitió manejar la opinión pública. Y en última instancia se sentaron las bases de la propaganda moderna, ante lo cual gran parte de la sociedad tuvo que rendirse sin la suficiente capacidad crítica por pleno desconocimiento.

Con motivo del cumpleaños de Goebbels, el Ministerio de Propaganda regala 500 radios a los alemanes. 29 de octubre de 1938. [Creative Commons]

Sin embargo, y en contra de recursos iniciales mucho más politizados, las estrategias propagandísticas se fueron sofisticando e integrándose en el mundo de la cultura del entretenimiento. La carga ideológica de los programas de radio o el cine fue poco a poco siendo menos evidente en apariencia pero mucho más perversa en eficacia. El espectador de cine no tenía la sensación de estar ante un monumental producto de propaganda, sino ante una historia de amor aparentemente inocente, lo cual le hacía tener una menor actitud crítica.

De la Reichskulturkammer dependían a su vez siete subcámaras, entre ellas, la Reichsmusikkammer, o Cámara de Música del Reich, cuyo presidente era Richard Strauss, y la Reichsfilmkammer, o Cámara de Cine del Reich. Se convirtió en requisito ser miembro de tales cámaras para trabajar en el mundo de la cultura a partir de una criba realizada en términos de raza, partido y religión. La creación de estos organismos culturales provocó la expulsión del mundo cultural a judíos, comunistas, homosexuales y extranjeros y la destrucción de una gran cantidad de formas de arte. Los movimientos artísticos que habían surgido en el periodo de entreguerras, especialmente el Expresionismo, habían mostrado la imagen de Alemania como un país humillado y empobrecido tras la derrota en la Primera Guerra Mundial. Pero este “arte degenerado”, en la pintura, el cine o la música, debía dejar paso a una nueva imagen para una nueva Alemania: la de un país fuerte, recuperado y en buen estado de salud. De ello se encargó el documental que realizó Leni Riefenstahl sobre los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. El evento deportivo, que sirvió como distracción para la construcción del campo de concentración de Sachsenhausen, sentó las bases de una estética y una escenografía que se habían empezado a definir años antes con documentales como El triunfo de la voluntad.

Atletas aproximándose a Berlín con la antorcha olímpica. Verano de 1936. [Creative Commons]

Con el paso del tiempo, el Tercer Reich fue silenciando voces y actitudes críticas, se fue anestesiando a la población a través de la propaganda y abocando al país al desastre. El horror que trajo la guerra y las consecuencias de la misma dejaron a Alemania al borde de un abismo cultural que le hizo perder su identidad en todos los sentidos. Tras 1945, lo que se había considerado música, cine o arte puramente alemanes debía desaparecer, y nada podía parecerse mínimamente al pensamiento y la estética del nazismo. La desnazificación trajo consigo un proceso de reeducación cultural por parte de los ejércitos de ocupación que acabó por generar una guillotina ideológica en el país. Alemania nunca volvería a ser la Alemania de los años ’20 y del Expresionismo; pero tampoco podía ser la Alemania de los años ’30 y el Nacionalsozialismo. Debía encontrar un nuevo camino, su propia voz, su propia identidad. Debía redefinir en términos culturales qué significaba ser alemán.

2018-01-13T16:12:23+00:00 By |Historia|

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